Entre Los Perales y Alto Comedero sobran las diferencias. Pero ahora hay algo que los hace más parecidos que nunca. El primer barrio, ubicado al norte de San Salvador de Jujuy, es uno de los elegidos por las familias de buen poder adquisitivo (entre los vecinos se encuentra el candidato a gobernador Eduardo Fellner). El segundo, emplazado al sur, es un gigantesco emprendimiento habitacional, es uno de los sectores en el que las organizaciones que dirige Milagro Sala poseen más influencia. A pesar de ser tan disímiles, se convirtieron en la carrera de pobres contra pobres por un pedazo de tierra o por una casa a medio construir.
Desde el sábado, la Policía jujeña asegura que los más de 130 asentamientos y usurpaciones que había comenzaron a disminuir gracias a las intimaciones de la Justicia. Es cierto: desaparecieron en algunos sectores, como los de las vías ferroviarias que corren junto a la avenida Párroco Marshke. Sin embargo, un recorrido por la ciudad basta para constatar que la mayor parte de aquellos que ocuparon alguna casa o que demarcaron con plásticos, cintas y hasta con papel higiénico algunos cuadrados de tierra no están dispuestos a irse.
Las casas blancas del barrio 144 Viviendas de Los Perales se hicieron en 1999. Si se las mira desde afuera parecen terminadas. Adentro, las paredes lucen pintadas o recubiertas con azulejos. Si bien les faltan algunos detalles, da la impresión de que están casi listas. Sin embargo, sus puertas siempre se mantuvieron cerradas; hasta el martes pasado. Ese día, 144 familias decidieron empezar a habitarlas sin esperar el permiso de nadie. 
"Me llamó un amigo y me dijo que me viniera, que la gente se estaba metiendo. Y bueno, hermano... yo vivo en lo de mi viejo con mi mujer, mi hijo y con otra familia más; necesito una casa", se justifica un padre de 30 años que prefiere no decir su nombre mientras matea junto a una de las ventanas. Ricardo Tisera, dirigente de las 62 Organizaciones Peronistas, muestra documentos que establecen que 20 de las casas fueron adjudicadas a la organización. "Pero nunca nos las entregaron. Por eso, cuando nos enteramos de que las estaban tomando, nos vinimos. Sólo pudimos salvar nueve", se lamenta.
Al frente se abre un gran descampado lleno de carpas; allí quedaron los que no llegaron a tiempo para ocupar viviendas.
Unos metros hacia el norte se encuentra otro predio en el que también florecen las carpas. Pero hay algo que llama la atención: los carteles de la Asociación de Educadores Provinciales (ADEP) que decoran el alambrado; es que el terreno está ocupado por docentes que acampan allí para evitar que los usurpadores se adueñen de él. Un ejemplo más del quiebre social: del otro lado de la calle, donde se levantan varias casonas, un guardia privado de seguridad se protege del sol punzante de la mañana del domingo debajo de un árbol. Trabaja en la zona desde hace dos días: su empresa fue contratada por los habitantes de la cuadra, que temen a los nuevos vecinos.
En la otra punta de la ciudad, el panorama es similar, pero a la insólita y triste carrera por adueñarse de algún espacio se le suma otro ingrediente: el de la violencia. Tras escuchar el golpe en la puerta de chapa celeste, Noelia Osán, de 26 años, abre despacito y apenas asoma los ojos. "Hay que tener cuidado", explica. "Acá te empujan la puerta o te rompen una ventana, sacan tus cosas y te quitan la casa", agrega.
Su vecina, Silvia Herrera, de 36 años, refuerza esas palabras: "a las ocho de la noche, un pariente me avisó que se estaban metiendo en las casas. A nosotros ya nos la preadjudicaron, pero íbamos a recibir las llaves en septiembre. En cuanto me enteré me vine con mis dos hijos (de 7 y 8 años). Al llegar, nos dimos con que la gente estaba rompiendo las ventanas y las puertas. Empezamos a correr en la oscuridad, porque no había luz, y nos tropezábamos con los pozos (las calles de ripio están llenas de excavaciones). Al final, nos metimos en la primera que encontramos".
Las dos mujeres aseguran que es casi imposible dormir durante la noche. "Uno escucha a los que andan caminando por la calle: golpean las puertas y si vos no estás atenta se meten. No podemos dejar las casas solas ni cinco minutos para hacer las compras", describe Noelia. Sin imaginarlo, las palabras de la chica sintetizan lo que ocurre en Jujuy: se largó una carrera desesperada en la que compiten aquellos que pretenden defender lo poco que tienen contra los que buscan adueñarse de lo que sea. Lo angustiante es que el final todavía parece estar lejos.